Cuando se quiere una salida de una relación plagada por la
agresión pasiva y castradora, se anhela la libertad y se teme la violencia. ¿Por
qué se llega a esto? ¿Por qué no se ha podido superar lo pasado y se tiene esta
“compulsión a la repetición”?
Es que se disfruta el momento de la fuga, esa
ansiedad de escapar de nuevo que siempre se ha anhelado. La libertad se disfruta
más cuando inicia, es el mayor goce de ella, es el niño que comienza a andar,
el adolescente que emprende por primera vez un viaje sólo, la novia que se
separa de los padres, el preso que ha obtenido por fin su libertad, la bestia
enjaulada que regresa a su hábitat.
¿Dónde quedaron la empatía y la compasión? Nada cerca de la
soledad. Pero habrá que encontrarlas otra vez. Sin embargo, no con el deseo
llegar a ellas acompañado. Sino estar con uno mismo y tener sentimientos de
amor verdadero hacia el ser verdadero. No son sentimientos narcisistas para compensar
faltas arraigadas en el inconsciente, sino amor propio, deseos de valorar todo lo vivido, lo conocido e incluso lo sufrido.
